El efecto Pigmalion

A veces una profesional no rinde peor porque haya perdido capacidad, sino porque lleva demasiado tiempo trabajando bajo una mirada que la empequeñece

5/8/20245 min read

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Marta no estaba fallando

A veces una profesional no rinde peor porque haya perdido capacidad, sino porque lleva demasiado tiempo trabajando bajo una mirada que la empequeñece

Hay malestares laborales que no empiezan con un gran conflicto. No llegan con una bronca, una evaluación negativa o un error grave. Empiezan de forma mucho más silenciosa: con menos confianza, más control, menos margen. Y poco a poco, la persona que antes trabajaba con soltura empieza a hacerlo con cautela.

Eso fue lo que le pasó a Marta.

Su historia es interesante porque no habla de una profesional desmotivada o poco preparada. Habla de algo más frecuente y más incómodo: una persona competente que, sin darse cuenta, empieza a encogerse en su propio trabajo. Y ahí la inteligencia emocional tiene mucho que decir.

1) Caso: cuando Marta empezó a trabajar con el freno puesto

Marta Gómez, de 34 años, trabajaba como técnica de proyectos en una empresa del sector sanitario. Era organizada, eficaz y fiable. No necesitaba destacar demasiado para resultar imprescindible. Sabía coordinar, anticipar problemas y mantener la calma cuando todo iba deprisa. Su jefe confiaba en ella, le daba autonomía y la incluía en proyectos relevantes. Marta se sentía segura en su puesto: no porque creyera que lo hacía todo perfecto, sino porque conocía bien su trabajo y confiaba en su criterio.

Hasta que llegó una etapa de más presión.

La empresa atravesó una reorganización interna. Había más tensión, menos tiempo y más necesidad de resultados rápidos. En medio de ese contexto, Marta cometió dos errores menores en pocas semanas: envió una versión antigua de un informe y llegó tarde a una reunión por un fallo de agenda. Ninguno fue especialmente grave. No hubo consecuencias serias. Pero algo cambió.

Su jefe empezó a supervisarla más. Algunas tareas visibles comenzaron a asignarse a otro compañero. En reuniones, sus propuestas ya no encontraban la misma recepción. No hubo una conversación dura ni una crítica abierta. Hubo algo más difícil de señalar: una bajada de confianza que se notaba en los detalles.

Marta lo percibió enseguida.

Y reaccionó como reaccionan muchas buenas profesionales: apretándose más.

Empezó a revisar cada correo varias veces. Preparaba demasiado cualquier reunión. Dudaba antes de intervenir. Medía sus palabras. Antes hablaba con naturalidad; ahora se preguntaba si sería mejor callar. Antes decidía con agilidad; ahora necesitaba confirmar incluso asuntos sencillos. Sin darse cuenta, comenzó a trabajar no desde la confianza, sino desde la prevención.

La frase empezó a repetirse en su cabeza:

“Antes yo no era así.”

Lo más llamativo es que Marta seguía sabiendo hacer su trabajo. Su experiencia no había desaparecido. Su criterio tampoco. Pero ya no accedía a ellos de la misma manera. Algo se había estrechado dentro de ella. Y ese estrechamiento empezó a notarse por fuera: más duda, menos iniciativa, menos presencia.

Marta no estaba fallando por falta de capacidad. Estaba empezando a trabajar con el freno puesto.

2) Análisis: el efecto Pigmalión no siempre hunde, a veces encoge

Lo que le ocurrió a Marta encaja muy bien con el efecto Pigmalión: las expectativas del entorno influyen en la conducta de una persona y terminan afectando a su rendimiento.

Cuando alguien se siente visto como capaz, suele actuar con más libertad. Propone, decide, se expone, aprende. En cambio, cuando percibe que ya no lo miran igual, una parte de su energía deja de ir al trabajo y empieza a ir a la autoprotección. La persona ya no solo quiere hacerlo bien; también quiere no fallar, no confirmar una duda ajena, no dar motivos.

Ese cambio es enorme.

La inteligencia emocional ayuda a entender que el problema no siempre está en la competencia, sino en el estado emocional desde el que esa competencia intenta desplegarse. Marta seguía teniendo recursos, experiencia y criterio. Lo que había cambiado era el clima interno con el que llegaba a cada tarea. Había más vigilancia, más inseguridad y menos espontaneidad.

Y ahí aparece lo más perverso del proceso: el entorno ve a esa persona más dubitativa, más lenta o menos clara, y piensa que efectivamente “ya no está como antes”. Es decir, la expectativa inicial termina alimentando el resultado que después parece confirmar.

Por eso este tipo de situaciones son tan delicadas. Porque la persona acaba creyendo que su mal momento revela una verdad sobre su valor, cuando en realidad muchas veces revela otra cosa: que lleva demasiado tiempo sosteniéndose en un clima que la encoge.

Marta no se había vuelto peor profesional. Había empezado a trabajar como trabaja quien ya no se siente del todo creído.

3) Herramientas para alguien que está en la situación de Marta

Cuando alguien se siente como Marta, suele cometer un error muy humano: pensar que la salida consiste en exigirse más. Pero si el problema principal es la pérdida de confianza interna, más presión no siempre ayuda. A veces incluso empeora las cosas.

1. Separar hechos de historias

Cuando uno está inseguro, interpreta todo en su contra.

“No me dieron ese proyecto: ya no confían en mí.”

“Me corrigieron en la reunión: he perdido criterio.”

“Hoy dudé más de la cuenta: me estoy volviendo incompetente.”

La herramienta consiste en dividir cada situación incómoda en dos columnas: qué pasó realmente y qué me conté sobre eso.

Ese gesto tan simple devuelve claridad. Permite ver que una cosa es lo ocurrido y otra la narrativa total que uno construye sobre sí mismo. Y en una etapa como la de Marta, esa diferencia puede cambiar mucho la manera de vivir el trabajo.

2. Volver a la evidencia

La inseguridad tiene un efecto muy concreto: borra memoria. La persona deja de recordar con nitidez todo lo que sí sabe hacer. Por eso conviene hacer un pequeño inventario de capacidad:

  • Qué hago bien en mi trabajo

  • Qué hechos demuestran que eso es verdad

  • Qué gesto pequeño puedo hacer esta semana desde esa capacidad

No se trata de repetirse frases vacías, sino de volver a tocar suelo. Recuperar pruebas, no solo ánimo. A veces la confianza no vuelve antes de actuar; vuelve mientras uno actúa un poco más cerca de su versión competente.

4) Qué se lleva el lector

La historia de Marta deja una idea poderosa: no siempre que una persona se vuelve insegura es porque haya dejado de ser válida. A veces lo que ha cambiado no es su talento, sino el clima en el que tiene que sostenerlo.

Ese matiz importa mucho. Porque una mala etapa no siempre define quién eres. A veces solo muestra desde qué lugar emocional estás intentando seguir siéndolo.

Y entender eso ya cambia algo importante: la persona deja de leerse como un problema y empieza a observar mejor el proceso que está viviendo. Ahí aparece una forma más inteligente y más justa de cuidarse.

Marta no necesitaba convertirse en otra. Necesitaba recuperar espacio para volver a ser la profesional que ya era.